Misericordia y Solidaridad.


Las Sagradas Escrituras, nos hablan de la misericordia, "¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido". (Isaías 49,14). En este último verso, se señala un sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas, y el salmista canta "Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es el Señor" (Salmos 103,13).
La misericordia permite una visión distinta del hombre racional, porque de él no nace espontáneamente, sino más bien de una deliberación consciente de derechos y deberes, que se da por parte de las personas que piensan y buscan el bien de los demás.
Jesús se compadece de los pobres, los enfermos, los angustiados, los pecadores. Por consiguiente, la respuesta de Dios al dolor humano es la "compasión", la solidaridad en el dolor, "él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos". (Hechos 10,38).
La práctica de la solidaridad aparece cuando se observa el "Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos". (Lucas 12, 31) y no solo se refiere a compartir los bienes con los que no tienen o más lo necesitan, sino que comienza por evitar las críticas dañinas, mirando a nuestro prójimo como nos ha pedido el mismo Señor. Ni el mismo se ha tomado esa atribución; "porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo". (Juan 12,47), porque el Señor es compasivo y misericordioso. (Santiago 5,11) y también nos ha pedido; "Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo" (Lucas 6,36).

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