LA PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA, SUEÑO DE TODO CRISTIANO


Queridos amigos peregrinos: ¡El Señor os de Su Paz!

Sé que Tierra Santa, Jerusalén y el Santo Sepulcro están en lo más profundo de vuestros corazones. Dejadme que os recuerde algunas cosas maravillosas. 

Cada uno de los Lugares de Tierra Santa son testigos y hablan de Cristo. El cristianismo se 
fundamenta en una revelación histórica. Por eso – decía Pablo VI - “junto a la “historia de la salvación” existe una “geografía de la salvación”. Los Santos Lugares tienen el gran valor de ofrecer a la fe un sostén indestructible, permitiendo al cristiano ponerse en contacto directo con el ambiente, en el cual “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14)” (Nobis in animo). Aquí se camina siguiendo las huellas de Jesús, nuestro Salvador. Tierra Santa – añade Pablo VI - es “patrimonio espiritual de los cristianos de todo el mundo, los cuales desean visitarla, en pía peregrinación, al menos una vez en su vida, para apagar su devoción y expresar su amor al Dios hecho niño en Belén, al divino adolescente y trabajador en Nazaret, al divino maestro y taumaturgo a través de toda la región, al divino crucificado en el Calvario, al redentor resucitado del sepulcro que se encuentra en el Templo de la Resurrección” (Nobis in animo).

Jerusalén, para un cristiano, es el corazón de Tierra Santa, la síntesis de la acción de Dios en favor de 
los hombres. Lo dice con palabras emocionadas Juan Pablo II: “¡Cuántos recuerdos, cuántas imágenes, cuánta pasión y qué gran misterio envuelve esta palabra: Jeru-salén!... ¡Cuántas veces, en los libros históricos, en los Salmos, en los Profetas, en los Evangelios, resuena el nombre de Jerusalén, siempre amada y deseada, pero también vituperada y llorada, pisoteada y resucitada, amonestada, consolada y glorificada.

En verdad, ¡es una ciudad única en el mundo!”. Todos, como Jesús, queremos subir a Jerusalén. Es un camino difícil, pero hay que decidirse: Jesús, “estando para cumplirse los días de su elevación, tomó la decisión irrevocable de subir a Jerusalén” (Lc 9,51).

El centro de Jerusalén es el Santo Sepulcro: en este lugar se manifiesta de un modo especial la presencia salvadora de Dios, su amor por todos los hombres; es el Santuario “más precioso que existe en el mundo para el corazón del cristiano”, dice Pablo VI. De hecho, la pasión, muerte y resurrección de Cristo es el misterio central del cristianismo y lo que da sentido a nuestra vida. En cualquier otro lugar del mundo la Liturgia dice: “Hoy ha resucitado Cristo”; sólo en Jerusalén podemos decir: “resucitó Cristo de este Sepulcro” o “en este Calvario Cristo fue crucificado”. Sólo si se arrodilla ante la Tumba Vacía, alcanzaremos a oír interiormente el eco de las palabras del ángel a las mujeres: “¡No está aquí! ¡Ha resucitado! Venid a ver el lugar donde lo colocaron”.

A Tierra Santa sólo se viene con amor apasionado. Ha sido ésta una actitud constante entre los peregrinos a Tierra Santa. Siguiendo el ejemplo de su Padre, los franciscanos, durante casi ocho siglos, ha muerto y han sufrido lo indecible para recuperar los Santos Lugares y hacerlos accesibles a los peregrinos de todo el mundo. Y recuperar y conservar las piedras vivas que son los cristianos, aquellos que nos han transmitido la fe, ellos que son Nuestra Madre.

Conocéis bien los sufrimientos enormes de nuestros hermanos de Siria. Los cristia-nos pueden desaparecer de Tierra Santa. ¡No les olvidéis en vuestras oraciones, como yo os tengo muy presentes en las mías. ¡Acordaos de mí en las vuestras!

Un cordial saludo en Cristo, en la Virgen Madre y en San Francisco 
Fray Artemio Vítores González, ofm

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